miércoles, 25 de junio de 2014

La estandarización del dogo de Burdeos a finales del XIX; una historia apasionante en relación directa con el resto de razas de presa europeas (primera parte)



El dogo de Burdeos es dentro de las razas clásicas de molosos una de las más espectaculares, su imponente figura no pasa desapercibida en los shows de belleza y todos los aficionados la identifican al instante,  sin embargo es poca la gente que conoce su verdadera historia.

En los libros y publicaciones más comerciales a menudo se despacha el capítulo dedicado a glosar el origen de esta casta con unas breves, inexactas  y cuasi míticas referencias al mastín del Tíbet, al canis pugnax romano y, en el mejor de los casos, a los alanos medievales – el  ''alan vaultre'' entre otros.  Sin embargo, más allá de los tópicos difícilmente verificables tenemos al alcance de la mano, a través de crónicas contemporáneas, la apasionante aventura que en la segunda mitad del XIX devino en la estandarización y consecuente creación de una nueva raza: el dogo de Burdeos.

En los albores del primer concurso canino galo (año 1863), en el cual se dieron cita los perros tipo dogo que los escasos criadores tenían por entonces, la situación era la propia de un grupo racial muy poco homogéneo y  carente de ninguna regla definida que lo dotase de carácter propio con respecto a otros animales afines de los países vecinos;  pero  precisamente por eso también pleno de los matices y la riqueza genética que las razas estandarizadas suelen añorar.

En la segunda mitad del XIX  nos encontramos en Francia con toda una panoplia de fenotipos dentro de lo que a día de hoy denominaríamos como molosos y perros de presa; se podían encontrar animales con un peso y un tamaño absolutamente variable, de complexión robusta o más ligera, con mordida en tijera o prógnata,  y de los colores más dispares. En definitiva, hablamos de un grupo racial no estandarizado que estaba  en relación directa con toda una casta de perros de trabajo propia de las fachadas atlántica y mediterránea de Europa Occidental.

El origen de estos animales, tal y como ya hemos dicho más arriba, resulta bastante ignoto y confuso, las hipótesis tradicionales que podemos encontrar en las publicaciones clásicas sobre la materia parecen pobres vistas con la mirada contemporánea.  Lo que parece claro es que ya en la Baja Edad Media hallamos referencias a la existencia de perros de presa o molosos tipo dogo tanto en Francia como en su entorno geográfico más cercano – las Islas Británicas y la Península ibérica. Parece lógico pensar que la llegada de molosos en todas sus formas se produjo en Europa de forma escalonada desde la Edad de los Metales;  en este sentido tenemos un excelente trabajo de la Universidad Complutense-El origen de los mastines ibéricos; la trashumancia entre los pueblos prerromanos de la meseta- en el que los autores apuntan la posibilidad de una filtración de elementos indoeuropeos en la península desde el año 1.100 a. C. con la consecuente penetración de perros ganaderos , y la seguridad  total  de que desde el siglo I.V. antes de Cristo hay ya canes de tipo macromorfo- refrendada por los hallazgos de tipo  arqueológico en yacimientos variados. Todo esto nos lleva a pensar que si en la antigua Iberia se habían producido estos movimientos migratorios necesariamente tendrían que proceder de los territorios que actualmente conforman Francia, y de hecho en algunas publicaciones cinófilas apuntan a la presencia de registro arqueológico que vendría a corroborar esta presencia de animales de tipo molosoide también en el país vecino, no obstante a día de hoy todavía no he podido dar con los estudios en cuestión y de momento sólo tengo referencias de modo indirecto.

En cualquier caso, siguiendo con la argumentación, es sensato pensar que a este pool genético ya presente en la Edad de los Metales se le fuese superponiendo lo aportado por los sucesivos pueblos que se aposentaron en el occidente europeo, y así tanto los  romanos como ulteriores invasores bárbaros fuesen dejando su impronta en el acervo cinológico de esos territorios. Merece especial atención el caso de los alanos- un pueblo iranio de origen indoeuropeo procedente de Asia- ya que la tradición los vincula especialmente a la cría de ciertos canes de presa tipo dogo que podrían haber dado origen a todas las castas contemporáneas occidentales. Estos asolaron zonas geográficas como la Galia, buena parte de Hispania, norte de África y zonas del Mediterráneo, y a menudo es difícil distinguirlos de etnias como vándalos y suevos, con quienes casi llegaron a fundirse; de modo que tampoco hay pruebas históricas que nos hagan pensar que criasen razas muy diferentes a las del resto de los pueblos invasores del Tardo imperio romano. En esta línea tenemos referencias en las Viejas Leyes Germánicas que nos hablan del uso de perros molosoides en las cacerías.

Y es que, no debemos creer que en tiempos tan pretéritos una estirpe canina específica surja casi por decreto en un momento determinado, sino que, como he señalado con anterioridad, más bien es el resultado de una amalgama de procesos históricos, de influencias, pueblos diferentes que se solapan,  etc ; tan sólo, pues, podríamos señalar algunos momentos claves que favorecieron la extensión de esas castas y quizás la importancia que ciertas etnias o culturas concedieron a determinadas tipologías de perros.

En el caso que nos ocupa, los antecedentes del actual dogo de Burdeos, parece  claro que pasadas unas centurias, ya en el siglo XIV,  hay una evidente percepción por parte de los coetáneos de la existencia de animales con un fenotipo de perro de presa; así nos da cuenta un autor medieval , Gastón III conde de Foix-Bearne – apodado como Febus o Phoebus- en su obra ''El libro de la caza'' , que ya diferencia en esa época entre Alant Gentil (Alano gentil) y el  Alant de Bourcherie (Alano de carnicero). En otras referencias literarias del momento se habla del Alan Vaultre o Veantre y se le cita como dogo de combate y de caza.

Algo más tarde, en el siglo XVIII el científico (matemático, naturalista y cosmólogo) Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, nos habla del Dogo de Aquitania y de los dogges de forte race - dogos de casta fuerte.



Y en referencias británicas posteriores ya se  dividen los dogos franceses en  castas de talla grande del sur de Francia-destinadas a la pelea-  y otras de menor tamaño, hocico corto, aspecto rechoncho y denominados como bouledogue del Midi. Estos últimos en su contexto histórico son considerados como similares a los perros de presa ibéricos.

Los dogos franceses durante la edad moderna (siglos XV-XVIII) reciben otros nombres tales como ''perro de carnicero'' o ''perro turco''- esto último debido a su pretendido y épico origen asiático.

Vemos que, con independencia de su origen primigenio, desde la Baja Edad Media hay un constante trasiego de intercambios comerciales y movimiento de tropas- resultado de conflictos armados- que permiten que todas estas variedades raciales de perros dogo campen por Europa. Existen multitud de pruebas documentales y citas bibliográficas que atestiguan este fluido discurrir de animales entre las naciones más importantes de la fachada atlántica:

1-La leyenda sitúa a la línea Mastiff de Lyme Hall como descendiente de  una perra propiedad de Sir Piers Legh II, ejemplar del que se dice que protegió a su amo en la batalla de Agincourt  en 1415. Con seguridad los sucesos reales poco tuvieron que ver con los descritos, pero tanto la historia recogida en textos posteriores como los detalles esculturales del sepulcro de Piers Legh II, nos hablan de la presencia absolutamente normal de perros tipo dogo en los territorios de la actual Francia que los ingleses poseían en tiempos de la Guerra de los Cien Años.


Cuadro del pintor inglés Thomas Beach (1738-1806) en el cual se representa a un mastiff del siglo XVIII de la línea Lyme Hall propiedad de la familia Legh.

Aclaro en este punto que el término mastiff en ese contexto histórico sirve para denominar a cualquier perro moloso, puro o cruzado, desde lo que hoy entendemos por mastín rústico hasta el clásico animal de presa.

2- Ya en 1556, en plena Edad moderna,  sabemos por referencias británicas que Felipe II – siendo por aquel tiempo rey consorte de Inglaterra al haberse casado en segundas nupcias con María Tudor- obtuvo perros de presa ingleses que acabaron en territorio peninsular y en la actual isla de Cuba.

3-La primera vez que el término bulldog aparece  en un texto,  diferenciándose  ya claramente de mastiff – y otras formas arcaicas del mismo vocablo- es en una carta enviada desde la ciudad de San Sebastián – perteneciente por aquel entonces al reino de Castilla- en 1632. Se trata de una misiva en la que un tal Prestwich  Eaton escribe a un compatriota en Londres , George Wellingham, entre otras  las siguientes líneas: ''...un buen perro Mastire, un cajón de botellas de licor y ruego me consiga dos buenos bulldog''.

4-El investigador Edgar Farman cita en su monografía acerca del bulldog inglés la conocida medalla del Dogo de Burgos. Esta presea de bronce fue hallada en el siglo XIX por un anticuario en la ciudad de París por pura casualidad y en ella aparece representada la cabeza de un perro de tipo molosoide, con evidente prognatismo y las orejas amputadas. La inscripción que aparece justo en el borde inferior dice: DOGO DE BURGOS -ESPAÑA-ANNO-MDCXXV, junto al nombre del artista que labró el metal: CAZALLA. Al parecer tiempo después acabó en manos de un aficionado a la cinofilia de Amberes (Bélgica) y este tras consultar con expertos en numismática y antigüedades llegó  a la conclusión de que no era una falsificación y efectivamente se la podía datar en el año 1625.

La famosa medalla del 'Dogo de Burgos'

Gran parte de los autores ingleses  atribuyen a este Dogo de Burgos un origen británico, como resultado de las importaciones de Felipe II; por otro lado un investigador también anglosajón, George R. Krehl  editor en 1900 de la publicación  ''The Stock Keeper'',  creía tener la certeza de que el solar primigenio de los bulldog era España, y precisamente uno de los argumentos que esgrimían era la famosa medalla. Como se ve hay posturas para todos los gustos, pero lo que está claro es que esas castas eran conocidas en ambas naciones desde antiguo.

5- Hacia la segunda mitad del XIX están constatadas importaciones de lo que los británicos llamaban ''spanish bulldogs''. Se sabe que el famoso promotor de peleas de perros Bill George importó en 1840 un bulldog español atigrado el cual fue bautizado como ''Big Headed Billy''. Un nieto de este perro ya mestizado con bulldog inglés, de color blanco y de 30 kilos de peso fue vendido por 100 libras. Al parecer Bill George empleaba la sangre de perros de presa españoles – los llamados perros de toro o alanos- para aumentar la talla de los canes británicos.

De hecho la fama de estos perros peninsulares llegó a ser tanta que se sucedieron más adquisiciones británicas en España: en 1868 Mr. Macquart compró dos ejemplares de nombre Lisbon y Bonhomme-este último de capa atigrada- , y en 1873 Frank Adcock se hizo en la ciudad de Madrid  con Toro – atigrado con rojo- y Alfonso – de capa leonada o cervato, con máscara negra y algunas marcas blancas. . Todos los perros tenían una nariz amplia, marcado stop, una contextura ósea y muscular muy poderosa y un peso en torno a los 40 kilos. En concreto Alfonso y Lisbon eran perros muy destacados en los enfrentamientos  contra toros en España.


Toro, ejemplar de 'spanish bulldog' comprado por Frank Adcock en el Madrid de 1873

6-Existen abundantes pruebas documentales acerca de la importación de perros de presa procedentes de la isla de Cuba-por entonces posesión española- con destino a Estados Unidos en el siglo XIX,  con el objeto de ser empleados en las plantaciones del sur del país; así como la utilización de estos mismos perros en la sofocación de las revueltas de esclavos en Jamaica en el siglo XVIII (The Maroons wars).

Vemos pues,  que durante siglos la interacción entre las distintas castas de perros tipo dogo – en el sentido más amplio del término, incluyendo incluso las formas mestizadas con lebreles y sabuesos- , procedentes de Inglaterra, España y Francia, así como de  sus posesiones de ultramar, ha sido una constante. Hasta tal punto ha sido así que parece en extremo simplista atribuir en concreto a un territorio el origen único de estos animales; no obstante la cinofilia hispana pretende hacer  valer su lugar como patria primigenia de tales animales, mientras que británicos y franceses  por su lado arguyen similares argumentos.  Pero como ya dijimos más arriba, a tenor de la información de tipo historiográfico y de las pautas de estudio e investigación que esta ciencia social nos brinda, resultaría de todo punto absurdo pretender que determinado grupo racial canino surja en una fecha y lugar concretos, sino que más bien sería el resultado de siglos de selección funcional en el marco de movimientos y migraciones humanas mucho más complejas.

Por tanto la única conclusión posible es que ya a finales de la Edad de los Metales  (1000-500  a. C) se tienen pruebas de la presencia de perros molosoides en Europa Occidental, situación que desde época imperial romana hasta los primeros compases del medievo se concreta con testimonios  relativos a perros cada vez más cercanos al tipo dogo,  y que ya de la Baja Edad Media a la plena Edad Moderna tienen su reflejo en abundantes fuentes literarias y escritas de toda índole.  En el transcurso de todos estos siglos han existido constantes aportes entrecruzados de las sangres más diversas- siempre dentro de la casta primigenia que dio lugar al nacimiento de estos perros; produciéndose curiosos fenómenos como que en el siglo XVI sean perros ingleses los que aporten su carga genética a la cabaña ibérica, y dos siglos más tarde sean los perros de presa hispanos – tanto en Cuba como en la España peninsular- los que enriquezcan las castas anglosajonas.

Y lo mismo se podría decir de Francia... como veremos en la segunda parte de este artículo.

4 comentarios:

  1. Es una raza preciosa , imponente y espectacular.Espero impaciente la segunda parte, felicidades por el artículo

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