miércoles, 12 de octubre de 2011

La noche del Day, por Amadeo Biló; un relato donde la épica de la Pampa toma su sentido más pleno


Continuando con la serie de testimonios directos de personas vinculadas a algunas de las razas más emblemáticas, hoy cuelgo un excelente relato de Amadeo Biló;  un referente vivo de la Argentina más criolla y aferrada a las tradiciones camperas, que conoció y trató de forma habitual a Agustín Nores Martínez y que, por tanto, también tiene su lugar en la historia y desarrollo del dogo argentino.

En el centro de la imagen, Amadeo Biló, y a su izquierda, Agustín Nores Martínez.

Publicado originalmente en el año 1966 en la revista “Diana” - un medio argentino dedicado a la divulgación de todo lo relacionado con la caza-  en él se  rinde homenaje a Day de Trevelin, su perro preferido y líder de la jauría de dogos.

Para situarnos en la historia es necesario conocer el entorno en el cual se desarrolla, que no es otro que la provincia de Río Negro, localizada en el centro-sur del país, en plena Patagonia. En concreto, la acción tiene lugar en las cercanías de la localidad de Choele Choel, hasta donde un grupo de cazadores, empresarios y periodistas de EE.UU. se había desplazado para ver in situ las famosas cacerías de jabalíes y pumas; actividad que los oriundos de la zona llevaban a cabo auxiliados por sus excelentes perros tipo dogo – hemos de recordar que por aquel entonces la raza ni tan siquiera había sido reconocida por la FCI y apenas habían pasado 20 años desde su presentación oficial en Argentina.


Amadeo Biló de nuevo en compañía de Agustín Nores Martínez- fiel continuador de la tarea de su hermano Antonio y a la postre verdadero responsable de la constitución del dogo argentino como raza diferenciada.

Las principales piezas a batir eran los terribles jabalíes de la Pampa, una especie animal foránea, procedente originalmente de Europa, que fue introducida por Pedro Luro a principios del siglo XX – entre los años 1904 y 1906. La intención original fue la de surtir al primer coto de caza argentino de todo tipo de fauna, ya que también  fueron importadas diversas especies de cérvidos y aves como las codornices, pero andando el tiempo el suido europeo fue capaz de extender sus dominios hasta casi la totalidad del centro y sur del país, pasando más tarde a Chile y al Brasil más meridional. Naturalmente hubo otras sueltas de jabalíes en la región,  como la de Uruguay en 1928, y con probabilidad algunas más sin fechar en la misma Argentina; en cualquier caso, a día de hoy el animal se ha convertido en una plaga en toda la zona.

El jabalí común (Sus Scrofa) , una joya zoológica originaria de Eurasia, opacada injusta y frecuentemente por otros animales totémicos de la fauna holártica como el lobo y el oso

No se sabe con exactitud, pero parece que la subespecie de jabalí elegida fue la de los Cárpatos, una de las más voluminosas, lo cual, unido a cierto grado de hibridación con cerdos domésticos cimarrones, ha devenido en una población de ejemplares de un peso medio superior a los 150 kilos, con tipos extremos por encima de los 200. En el nuevo ecosistema colonizado los cerdos salvajes han tenido que adaptarse a unas circunstancias totalmente distintas de las del viejo continente, en el cono sur no existen bosques naturales de hayas, robles o encinas, por lo que carecen de las bellotas que habitualmente conforman el grueso de su dieta en Eurasia. Eso ha determinado que en algunas ocasiones su comportamiento predatorio se haya acentuado- son una especie omnívora, y como tal pueden alimentarse de otros animales,  pero en circunstancias normales no acostumbran a cazar tal y como lo hacen predadores clásicos como el lobo o incluso el oso, un “carnívoro” atípico - de modo que a menudo se han centrado en los rebaños de ovejas, llegando a causar grandes perjuicios a los ganaderos. Los biólogos a día de hoy siguen estudiando la situación, de hecho literalmente:  en Argentina no se conocen los elementos que constituyen la dieta del jabalí “(1) ; y aunque parece que con mucha frecuencia las gentes del campo han exagerado sus testimonios, sí que resulta verosímil que el “sus scrofa” transplantado al Nuevo Mundo, puntualmente, cuando escasean los nutrientes y merced a su alta capacidad de adaptación, se convierta en un formidable carnicero.

Todo esto explica, tanto  la dimensión del adversario al que se enfrentan los dogos camperos en el medio rural argentino, como la proverbial fama que estos mismos han cosechado allende sus fronteras.

Sin más preámbulos, disfruten de este maravilloso relato, que casi parece transportarnos al imaginario literario de José Hernández y su gaucho Martín Fierro:

(1) “Esporas de hongos en excrementos de jabalí (Sus Scrofa L.) en el parque nacional Nahuel Huapi” de  SOTERAS Florencia, BARRIOS GARCÍA Maria Noelia, NOUHRA Eduardo, SIMBERLOFF Daniel & DOMÍNGUEZ Laura.



LA NOCHE DEL DAY

Por Amadeo Biló


Relato de pasión y caza

Esta es una historia triste. Al sentarme ante la máquina de escribir para darle forma, afloran a mi mente los trágicos momentos que le dieron vida y siento que me acongoja una tremenda pena, la misma que aquel fatídico 15 de septiembre de 1966, ensombreció mi alma y que aún hoy no puedo apartar de mí, aunque haga lo imposible por olvidarla.

Tal vez muy pocos se den cuenta del alto precio que tuve que pagar por satisfacer anhelos de extranjeros que visitaban nuestro suelo criollo en busca de emociones caceriles, promocionando una zona que todos estiman como de las mejores del mundo para la práctica de la caza mayor. Mi consuelo rionegrino.

La narración lleva, pues, implícito, un hondo sentido de conciencia que me obliga a dejar grabadas en letras de molde, las acciones que epilogaron con la muerte de mi mejor perro de cacería, el "Day" a quien le rindo este postrer homenaje como mi mejor reconocimiento a su labor de montería, que nadie ha logrado igualar hasta el momento.


CAPÍTULO I


BUSCADORES DE EMOCIONES

Peter Capstick, presidente de la Cía. Sportsmen International, llegó hasta mis lares patagónicos tras la misma misión que había empujado a otros representantes de distintas entidades deportivas a visitarme en distintas fechas. Comprobar la capacidad de nuestro suelo para brindar posibilidades de cacería, con miras a ofrecerla al mercado mundial, regenteado y manejado, casi a "dedo" por poderosas firmas americanas.

Capstick, como no lo hicieron otros, recorrió conmigo -escopeta al hombro- los generosos montes patagónicos, estudiando la adaptabilidad de las especies que lo pueblan a los fines que lo guiaban.

Debo confesar que quedó sencillamente impresionado. Cazó de todas aquellas especies, regresando a su patria con el convencimiento de que una labor organizada tenía que brindar resultados exitosos. El programa de caza-turismo que yo le había presentado, ofrecía todas las posibilidades de realización.

AMERICANO TÍPICO, Capstick trabajó rápido y bien. Ya en su patria, tomó contacto con los representantes de Winchester Arms Co., con los de la TV y con los de True, la máxima revista que se edita en los Estados Unidos, dedicada al hombre, en forma especial a los aficionados al deporte y con todos ellos logró acuerdos para llevar a cabo un ambicioso proyecto.

Este poderoso conjunto de voluntades y capitales realizarían una amplia promoción turística, divulgando las posibilidades de caza que ofrece el mundo en general.

La labor sería encarada presentando el más seleccionado material de fotos y películas que pudiera soñarse, a fin de ofrecer a los interesados los detalles mínimos respecto de las posibilidades que cada lugar ofrece.

La gestión fílmica y fotográfica comenzaría en argentina, país para el que fui designado como representante de la entidad formada, a través de un extenso contrato que al recibirlo me llenó de profunda satisfacción y también de tremendos temores.

Porque no era nada sencillo lo que me echaba sobre los hombros. Tras el halago de mi designación, corría parejo el compromiso ineludible de demostrar que nuestra patria podía ser considerada como un paraíso cinegético. No había la menor posibilidad de fallar, pues de ocurrir ello no era yo el que perdía prestigio, sino la Argentina, reducida en esos momentos a mi capacidad de acción, ante el conjunto de los poderosos deportistas extranjeros.

Era mucha responsabilidad. Y las palabras que Capstick volcó en su carta no hacían más que recordármelo cada vez que la releía:

"...te recomiendo que no fracase nada, pues sería desastroso para Argentina, perdiéndose esta posibilidad única..."

a partir de ese momento -15 días antes de la llegada de los "yanquis"- perdí por completo el sosiego. "Volé" con mi camioneta hasta los campos vecinos, explicando lo que se avecinaba y solicitando colaboración. Subí a caballo y rastreé fieras sin llegar a molestarlas, pero conociendo su ubicación. "Desparramé" mis Dogos -casi 12 jaurías de cuatro ejemplares cada una- por diferentes zonas, aceptando la cordial ayuda de mis amigos camperos, a fin de tenerlos listos para entrar en acción en el momento indicado.

Tuve suerte en mi labor. Hallé un gran rastro, de nadar despacioso, de un enorme jabalí, sin duda el autor de la muerte de dos hermosos perros de la Estancia de un amigo. Ubiqué, también, la presencia de un puma, todo lo cual alivió un poco la tensión que sufría.

Caza menor era lo de menos. Abunda de tal manera que no dudaba de que con ayuda de mis Pointers lograría satisfacer los anhelos de los americanos. Los Setters Irlandeses me ayudarían con los patos y todo andaría bien... Por lo menos así lo creía...

Logré el concurso de mis ayudantes de campo y con seis días de anticipación los dejé moviéndose tras los rastros, estudiando los movimientos de las fieras día tras día.

No se podía fallar. Esto era inapelable.

Ya sobre la fecha dispuse mis vehículos y preparé mi mejor jauría de Dogos, "afilándola" al máximo. "Day", "Diablo", "Pillán" y "Dele" comenzaron con verdadero entusiasmo su gimnasia de montería.

Por fin llegó el instante del arribo del grupo americano. Con precisión de reloj, el avión que los conducía, los dejó en el aeropuerto de Neuquen, donde se hicieron las presentaciones de rigor.

Acompañaban a Peter Capstick, el Gerente de Producción de "Winchester", Jack Peat; el Gerente de Propaganda de la misma firma, Hug Kennedy; su Gerente de Relaciones Públicas, Jimmy Rickoff; los editores de "True" y "Gulf and Stream", Peter Barret y Ed Zeer y la máxima autoridad en cacería con jaurías adiestradas de Fox-Hound, William Read.

Al grupo se sumó un filmador argentino, contratado en la Capital y tres intérpretes del mismo lugar, lo que sumado al personal "mío", arrojaba la bonita cifra de catorce personas. En verdad un pequeño ejército para disponer sus movimientos en el campo.

Un ejército del que debía hacerme responsable, buscando su mejor coordinación para tener éxito.

En un camión transportamos el voluminoso equipaje de los visitantes y tras él partieron tres rurales, una camioneta y un acoplado cubierto en el que viajarían los Dogos. Ése era parte del material de "batalla".

Las jaurías de Dogos se irían reemplazando, haciendo actuar dos días a cada una, como máximo.



COMIENZA LA ACCIÓN

El 13 de septiembre el grupo quedó acomodado en el hotel, circunstancia que aproveché para disponer la labor del día siguiente con mis ayudantes.

Iríamos en busca del jabalí que, afincado en una extensa y boscosa isla, carneaba con precisión una oveja por noche.

No había sido "batido" por respeto a su capacidad combativa que había dejado el tendal de perros muertos, entre ellos los dos de mi amigo, ya mencionados. La isla del jabalí lindaba con el campo de este hombre, separada por un ancho y caudaloso río.

De ensayarse su cacería cabían dos posibilidades. Una captura inmediata o, en su defecto, el cruce del río por la fiera, ubicándose en el campo de mi amigo. Pensé en esta última y organicé la acción sobre esa base. Hice llevar los botes de plástico, adquiridos expresamente para este tipo de actividad y todo quedó preparado para el día siguiente.

Regresé al hotel e impartí las directivas, a través de los intérpretes. Hora de levantarse, cuatro y treinta, desayuno a las cinco y salida inmediata.

Rendido, me tendí sobre mi cama, cercana la medianoche. Había sido un día de actividad plena y el siguiente lo sería aún más.

Horadando las tinieblas de la noche con los poderosos focos de los vehículos, que producían un inusitado "barullo" en la serena mañana, nos fuimos acercando al río, hombres y perros. Todos plenos de ansiedad.

Al llegar nos esperaban los botes preparados. Se desenfundaron las máquinas de fotografiar y la filmadora que comenzaron a devorar los primeros metros de película.

En la orilla opuesta nos esperaba un tractor, expresamente contratado, sobre el que se ubicó el grupo y uno de los botes, partiendo a paso lento a cubrir la legua que nos separaba del bosque de leños.

A distancia prudencial, hicimos alto. Bajaron los hombres, convine con el tractorista el lugar y hora del reencuentro y comenzamos la marcha.

Sobre una orilla -posible paso del jabalí- aposté a Kennedy, con un intérprete. Más adelante dejé a Peat y ya en sitios "críticos" a Barret, Capstick y uno de mis ayudantes, dominando un gran claro.

Con otro de los intérpretes, mi ayudante con sus perros ladradores, Rickoff y Read, tras mis Dogos, comencé el rodeo del bosque, buscando vientos favorables, dejando libre la posible "disparada" del jabalí hacia el lugar donde se encontraban apostados los hombres, con sus armas listas.

Silenciosamente, comenzamos a caminar entre la maraña. Habíamos encontrado, a nuestro paso, resto de "carneadas", una muy reciente -posiblemente de la noche anterior, muestra inequívoca de la presencia de la fiera y de lo impune que consideraba su guarida-.

El Dogo "Diablo", según su costumbre, se desplazó, desapareciendo de la vista. Mi ayudante, con sus otros perros, buscó mi izquierda, separándose de nosotros casi cien metros.

El resto de la gente, expectante, nos seguía, con evidente esfuerzo, entre el bosque, soportando en silencio la crueldad de la punzante vegetación que nos rodeaba.

En esto estábamos, cuando sentí a mi derecha un ronco gruñido de "Diablo", seguido de dos largos bufidos.

Animé con un grito a mis perros, oyendo, al unísono, los ladridos de los de mi ayudante, sobre mi izquierda.

Me desorienté. No alcanzaba a precisar el sitio exacto de la presencia del jabalí. Por primera vez dudé de mis Dogos, cuando los vi cruzar hacia mi izquierda como una exhalación. "Diablo" no iba en el grupo.

Mis acompañantes, muy nerviosos, no sabían qué ocurría. En un primer instante, corrí hacia la izquierda, hablando a los gritos con mi ayudante, pero luego, recapacitando sobre la marcha, volví a mi derecha, en busca de "Diablo".

Reinaba silencio absoluto. Sin verlo, animé al perro, mientras "peleaba" con la maraña. De pronto sentí un ladrido apagado y sonidos inequívocos de lucha.

Quisimos apurarnos. Era imposible. Caíamos enredados en la vegetación a cada instante. Entrecortadamente, volví a animar al perro. Me respondió el silencio.

Detrás mío oí un nítido ladrido de rabia del "Day", preparándose para la lucha. Cambiamos de dirección, cuando ya dudaba de todo...



EL DOLOR DE "DIABLO"

Casi atropellamos al jabalí, sujetado por tres Dogos. Dejé paso a los cazadores, que con dos tiros de su Winchester 264 y 284, abatieron a la fiera.

El jabalí pesaba más de cien kilos. Poseía apenas un dedo de colmillo que había causado algún raspón en los Dogos.

"Diablo" no estaba. A mi entender se encontraba solo, luchando con el jabalí grande, que era el que buscábamos.

Se lo expliqué a los intérpretes para que lo transmitieran a los visitantes. Habían pasado casi diez minutos, tiempo más que suficiente para que "Diablo" hubiera pagado cara su osadía.

Mientras los ayudantes se ocupaban del jabalí muerto, salimos nuevamente en busca del Dogo desaparecido.

Fue inútil. Después de una larga hora de recorrida, llamando a "Diablo" con todos los tonos de voz imaginables, regresamos presintiendo la tragedia.

Salimos del bosque. Los extranjeros se mostraban felicísimos con la captura, a la que fotografiaban y filmaban desde todos los ángulos.

Sabía que esa tarea demandaría más de una hora, por lo que les anuncié que yo me iría a rastrear a mi perro. Read se ofreció a acompañarme con su arma. Acepté el ofrecimiento así como el de mi ayudante, que se nos unió.

Mientras cavilaba en la dirección del ladrido y en la posible disparada del jabalí, recapacitaba en lo ocurrido. La aparición del jabalí más pequeño confundió la acción y precipitó lo que presumía una tragedia.

No tardamos mucho en llegar al lugar donde se había desarrollado la acción. Nítidas, se marcaban en el suelo las pezuñas del jabalí, en su furiosa disparada hacia el agua, enturbiada a su paso.

Comenzamos el rastreo "al revés". En las primeras matas descubrimos manchas de sangre que pensamos corresponderían a las orejas de la fiera. Por la altura de las mismas, calculamos su tamaño, realmente impresionante.

Fuimos siguiendo el rastro, pacientemente, hasta que por fin hallamos lo que buscábamos. Una mancha blanca aparecía tendida en el suelo, en medio de un círculo rojo formado por su propia sangre.

Allí yacía "Diablo". Se me heló la sangre.

Aún sin moverse, alcanzó a comprobar mi presencia y movió su cola débilmente. Su flanco era rojo, abierto como una cuchillada. Sus patas estaban rajadas e inertes.

Tenía el maxilar superior lastimado y uno de sus grandes colmillos, flojos. Era evidente. ¡"Diablo" había prendido en un momento dado, boca a boca con el jabalí!...

Escuché, como llegadas de muy lejos, las expresiones de condolencias de Read. Mi ayudante, como yo, guardaba un silencio impresionante.

No podíamos demorar. Me quité el saco y con él improvisamos una camilla sobre la que colocamos el cuerpo inerte de mi buen Dogo.

Nos habíamos alejado del lugar donde se había desarrollado la tremenda lucha. Al llegar al claro donde se encontraban los restantes componentes del grupo, se acercaron todos apesadumbrados a nuestro encuentro. Los americanos pretendieron obtener fotos de "Diablo".

Me negué terminantemente. No era cuestión de hacer una nota sensacionalista basada en una tragedia irreparable.

Dispuse lo necesario para que el perro fuera trasladado al pueblo a fin de suturar debidamente sus veintisiete tajos, provisoriamente cerrados por mí.

Ya el tractor, conforme a lo convenido se acercaba hacia nosotros. Cargamos todo y reiniciamos el regreso, cada uno enfrascado en sus propios pensamientos. Los visitantes, comentando alborozados el éxito de la cacería. Mi ayudante y yo, rumiando nuestra desgracia, pendientes de la suerte que pudiera correr "Diablo".

El resto de los Dogos, marchaba a nuestro lado. El "Day" había subido al acoplado colocándose junto a su compañero herido, al que lamía, gimiendo, sus heridas.

Cruzamos el río. Sobre una de las rurales se acomodó el perro herido y "volaron" mis ayudantes en busca del pueblo y del médico.

Miré mi reloj. Era la una y diez de la tarde. Pensaba que en ese instante me separaba de mi buen amigo pagando precio a la temeridad de una acción que había vuelto sangriento el día.

Los americanos indagaban qué haríamos por la tarde. Les respondí que debíamos seguir en procura del material buscado. Mi dolor, en ese instante, quedaba relegado a segundo término.

Nunca me sentí tan solo, tan desamparado, tan esclavo de una misión...

Cazador argentino a lomos de un caballo criollo


Sobre estas líneas el testimonio gráfico de las heridas y graves lesiones que las "navajas" de los jabalíes causan a los sufridos dogos camperos

Un dogo argentino junto a la pieza que ha ayudado a cobrar



CAPÍTULO II

"DIABLO" VIVIRÍA

La primera parte de nuestra misión había terminado.

Apenas llegué a la ciudad corrí presuroso al Consultorio Veterinario donde había sido conducido "Diablo" en busca de curación. Me llevé una grata sorpresa al comprobar que los yanquis, en pleno, también se habían dirigido allí, antes de pensar, siquiera, en higienizarse.

Un hermoso gesto que para mí, perrero de alma, no pasó inadvertido.

El Dr. Tito Livio Guidi me dio noticias alentadoras. Había costurado, con ayuda de otros profesionales, las heridas de mi animal y le estaba suministrando suero.

"Diablo" descansaba, cubierto de vendas y con un fuerte olor a desinfectante a todo su alrededor. Me miró y movió su cola demostrando su alegría.

Su estado no era tan grave como habíamos presumido en un principio quienes comprobamos su desgraciada acción. Con el tiempo alcanzaría a reponerse perfectamente.

¡"Diablo" viviría!...

Esta agradable comprobación me cambió el ánimo por completo. Comencé a sonreír y hasta las bromas de los americanos me parecieron más chistosas que nunca.

Nos retiramos todos para volver a reunirnos, rato después, frente a la mesa del hotel cubierta por cinegética cena. Mientras los patos se iban cocinando "a la cazadora", los lomos del jabalí sabían a gloria. Se comentaban las acciones del día.

Largamente se habló de "Diablo". Read, Rickoff y Capstick, con gestos y palabras daban cuenta de su impresión que la bárbara lucha que, sin duda, debió sostener mi querido Dogo con el jabalí para quedar en el estado en que lo encontramos.

Charlamos también del "carnicero grande" que, casi mata a uno de mis mejores perros y que prácticamente, se nos había "ido de las manos".

Vaya a saber qué vientos bebería la fiera esa noche. Me imaginaba mil acciones para hallarlo, procurando hacerle pagar cara las heridas de "Diablo".

Cenamos felices, indicación exacta de que la primera jornada había resultado satisfactoria para todas. Me tranquilicé un poco.

Cuando finalizábamos, mis ayudantes llegaron trayéndome noticias del puma que sería nuestro objetivo del día siguiente.

La información era "prometedora".

Una "leona", con sus dos cachorros andaban por el campo. Se había ubicado, con precisión, su "encame" y si las cosas marchaban normalmente, el destino de la fiera estaba ya fijado.

El problema consistía en como "mover" tanta gente en el campo. Realmente era imposible que la fiera no se diera cuenta de nuestra presencia con la suficiente antelación como para asegurar su huida. Catorce caballos eran muchos como para pasar inadvertidos.

Reduje las cabalgaduras a diez y dispuse la ubicación de mis perros en el campo, junto a las montas. La suerte había que probarla, para saber si estaba o no de nuestra parte.

Informé a los americanos -sus miradas fijas en mí- el plan previsto para el día siguiente. Se batiría el llano en busca del puma. De no lograrse éxito en la mañana, continuaríamos por la tarde y si no, el día siguiente.

En caso de éxito inmediato, dividiría a la gente para dos acciones distintas. Unos dirigidos hacia el jabalí. Otros en busca de material consistente en caza al vuelo.


MUCHA GENTE

A las cuatro de la mañana, golpeé a la puerta del dormitorio de los americanos, en tanto los motores se calentaban con un poderoso ronroneo.

Había llovido durante la noche lo que no dejaba de ser una buena noticia. Tendríamos el campo limpio de rastros viejos.

Mirando el cielo entendí prudente que en el equipo se colocara ropa de lluvia, la que, como por encanto y en mil formas, apareció en manos de cada uno de mis acompañantes.

La marcha se realizó en silencio. Frente a la poderosa luz de los focos cruzaban liebres, peludos, zorros y algún que otro guanaco. Los americanos señalaban cada paso con expresiones de auténtico asombro. Nunca habían visto nada parecido.

Luego de una hora de marcha, cuando el sol pintaba ya su presencia en el horizonte, llegamos al lugar prefijado. En hilera, sobre un palenque largo, descansaban los caballos ensillados.

Eran las seis de la mañana. Considerando que debía aproximarse al "encame" de la leona alrededor de las ocho demoré a mis amigos, en menesteres campestres, una hora larga.

Me preocupaban dos cosas. La disparada de la leona y sus cachorros. Podían los perros quedarse con los cachorros subidos en un chañar y a la leona no la veríamos más. O, en su defecto podrían matarlos, cosa que no deseaba de modo alguno. Me interesaban los cachorros para mí y debía lograrlos vivos al margen de la cacería "grande", en pos de la leona.

La marcha de semejante grupo, también un problema. El monte "cantaría" el paso de este verdadero ejército y hasta el león sordo del cuento se iría a beber vientos más favorables.

Llamé a Capstick y le expliqué lo que ocurría, proponiéndole la siguiente acción:

Los filmadores y fotógrafos, como así la gente que no era "baqueana" en esto de andar a caballo, seguirían nuestros pasos en camioneta.

El resto, montado vendría conmigo.

En caso de encontrar al puma, avisaríamos por medio de humo o través de tres disparos, pues la gente debía estar alerta procurando escuchar a la distancia.

Ocho jinetes quedaron junto a mí. Cuatro cazadores, dos intérpretes y dos ayudantes de campo.

Tres Dogos fueron lanzados a la acción: "Day", "Dele" y "Pillán".

Despacio comenzaron a ganar el monte. Pronto me di cuenta de que los únicos realmente "jinetes" en el grupo eran Read y Rickoff.

No podía acercarme al "encame" de la leona así. Decidí detenernos y volver a repasar la acción. De continuar, íbamos directamente al desastre.

Solicité separarme con mis perros un par de cientos de metros, explicando detalladamente los motivos de mi pedido.

Los americanos entendieron perfectamente y no hubo ningún tipo de dificultad. Ellos me seguirían -siempre a la vista listos para cualquier eventualidad-.

Así se continuó.


LOS APUROS DE UNA LEONA

"Pillán" comenzó a separarse de los otros perros. Me di cuenta de había venteado.Repase la cincha y apresuré el paso de mi equino, alistándome para dar el grito de alerta.Sobre mi derecha alcancé a ver rastros de la familia leonina, en marcha paralela a la mía. Rogué a Dios porque no escucharan el paso de mi cabalgadura.Agudicé el oído, mientras a doscientos metros aparecía una isleta regular, poblada de chañares.

Viendo a Rickoff bastante cerca de mí, le indiqué con el brazo la posibilidad de acción inmediata.Un ladrido de "Pillán" me indicó el encuentro y el momento preciso de iniciar la "disparada".

Atropellé en dirección del chañar, donde ya había entrado "Dele". Lo sentí ladrar dos veces y los azucé con fuertes gritos, mientras, girando el caballo, partía como alma que lleva el diablo, tras los pasos de "Pillán".Alcancé a ver a Rickoff y escuché sus gritos. Del resto, ni noticias.Todo era cuestión de tiempo. "Pillán" no abandonaría la lucha. "Day" lo secundaría.

La leona debía enarbolarse en algún chañar o la pasaría mal. "Dele" había quedado en el bosquecillo, con toda seguridad custodiando a los cachorros de puma. Todo había salido perfecto. Mi Dogo moriría de sed y hambre antes de abandonar la custodia de los pequeños leoncitos, subidos a lo alto de un chañar.

La leona había cruzado hacia otro "cuadro". De seguir en esa dirección toparía con la alambrada del campo. Ni pensar en voltearlo yendo solo, esperar a Rickoff podía significar quedarme sin puma, así que orillé el alambre y por un sendero largué mi caballo a todo andar.

Entre chañares, siguió un rato su fuga la leona. Pasamos un alambrado transversal que se juntaba con el que yo seguía. Los ladridos se escucharon ahora detrás. Giré en redondo, pensando que quienes me seguían se llevarían a la leona "por delante".

Así debió haber pensado ella, pues se vino en línea recta hacia mí. Giré de nuevo y espoleando mi equino salí a cortarle el paso.

Al notar mi acción, saltó la leona el alambrado, limpiamente, sin ninguna dilación. En su seguimiento cruzaron la valla "Pillán" y "Day", un poco retrasado. El primero presentaba sangre en su paleta. Sin duda, en un momento dado la había alcanzado, sin poder retenerla.

La leona torció nuevamente la dirección de su marcha y a grandes saltos, con su cola en alto, se abalanzó de nuevo hacia la costa.

Tras ella fueron los perros.

Mi caballo comenzaba a dar muestras de cansancio. Llegamos a una alambrada, donde se "abría" un gran bajo y una extensa laguna. En la orilla opuesta alcanzaba a verse algunos sauces. Hasta allí llegué yo, largándome del caballo y siguiendo el cruce a pie.

La leona había entrado en la laguna y "Pillán" tras ella. Como ambos hacían pie la carrera se hizo ahora a "cámara lenta", salpicando agua por doquier.

Salió del otro lado la leona con ventaja apreciable sobre el perro mientras yo iniciaba el "vía crucis" de la laguna, intentado cruzarla, hundiéndome en el barro de su fondo, desesperado por acortar distancia y no perder la acción.

A doscientos metros de la orilla opuesta se extendía un amplio claro, delante del espeso chañaral. "Pillán" que ya la alcanzaba, en un esquive de la bestia pasó de largo. Cayéndose, giró sobre sí mismo volviéndose hacia la leona.

Como un resorte giró esta hacia atrás, casi en el aire, mientras le tiraba feroz zarpazo al perro, cayendo en el intento.

"Day" que venía atrás, se encontró de pronto frente a ella.

La puma lo saltó, evitando la agarrada "de frente" del Dogo. "Day" se elevó para alcanzarla, recibiendo en el aire un manotazo de la fiera que lo hizo rodar de espaldas.

"Pillán", armado nuevamente volvía a la acción.

La puma volvía al cruce de la laguna. Comencé a gritar, agitando los brazos, procurando evitárselo.

Corrí en dirección al cruce. Sobre el mismo borde de la laguna, me vio la fiera que giró y en tres saltos alcanzó a ponerse en distancia sobre un sauce grande. Allí, como impulsada por hilos invisibles, ganó una alta e inaccesible rama.

"Pillán" chocó, literalmente, contra el tronco. "Day" atorado, quedó desconcertado, iniciando carreritas cortas en todas direcciones, buscando a la presa que se le había esfumado de la vista. Al fin se dio cuenta de lo que ocurría y furiosamente, comenzó a rasguñar el grueso tronco procurando, inútilmente escalarlo.

Ambos canes gemían de desesperación ante lo vano de sus esfuerzos.

Aumenté el calibre de mis gritos y disparé los tiros convenidos.

A lo lejos sentí el galopar de los caballos y el motor de los coches moviéndose a velocidad.

Mi ayudante, a cargo de uno de los vehículos, orillo decididamente el alambrado y llegó al lugar antes que los jinetes.

Me aposté cerca del sauce, cuidando de la leona. Era magnífica. Intentó tirarse al verme cerca y pensando que ellos significaría un desastre me retiré presuroso.

Los perros seguían dando saltos, desesperadamente, ladrando cada vez más cansados.

Llegó la gente de la camioneta. Capstick los encabezaba y tras él, venía Ed Zeer, pidiendo a gritos que le dejaran tiempo para las fotos. A quinientos metros aparecían los jinetes, lanzados a galope tendido.

Capstick llegó al lugar, sin ver al animal enhorquetado en el árbol. Se lo indiqué con gestos, tratando de no moverme mucho. La leona se había preparado para irse. Había visto a Capstick y se disponía a saltar. Le indiqué que apresuraran el tiro.

Apuntando a la cabeza, Capstick le descargó una potente Brenneke de su escopeta Winchester Calibre 12 que frenó a la fiera casi en el salto.

Di gracias a Dios, mientras comprobaba la hora. Eran las diez de la mañana.

Llegó la gente de a caballo y me pareció que discutían entre ellos el hecho de que Capstick hubiera sido quien disparara.

No me metí en el asunto. Si no le tiraba, la leona se hubiera ido. Eso era seguro. Mientras los americanos preparaban su plan de filmación y fotografía, me llevé los perros para revisarlos.

Estaban agotados, presentando unos zarpazos no profundos en sus paletas, que costuré con los agrafes de costumbre.

Los otros contemplaban, extrañados, mi labor, asombrados de la mansedumbre de mis perros.


LOS ÁNGELES DE LA MUERTE

Cercano el mediodía, todo estaba terminado y dispusimos el regreso al casco de la Estancia.

Allí, esperándonos, se encontraba preparándose un fabuloso asado criollo.

Antes de regresar, di instrucciones a mis ayudantes para que trajeran a "Dele" y al pumita, explicándoles dónde se hallaban.

Los americanos se mostraban alegres y ruidosos. El éxito de la cacería los tenía eufóricos.

Estaban asombrados de mis perros. Les extrañaba esa mezcla de ferocidad y bondad. Les dije que Lee Birch, Presidente de otra compañía de turismo deportivo, los había bautizado con un nombre singular: "Los ángeles de la muerte".

Les agrado el nombre.

Estábamos en eso cuando apareció en escena otro Dogo. Un hijo del "Day" que parecía un gladiador romano. Su cuerpo estaba lleno de cicatrices, provenientes de innumerables zarpazos de pumas.

Los yanquis le abrieron paso respetuosamente cuando se acercó a mí.

"Ñaró" es su nombre. Conozco muy pocos Dogos que impresionen tanto como éste.

Lo más sorprendente de todo fue que a su costado, balando alegremente caminaba un cordero.

Les expliqué a los yanquis lo que ocurría. El cordero había quedado huérfano y siendo muy pequeño, confundió al Dogo con su madre, mientras era alimentado a biberón por el personal de la Estancia.

El Dogo aceptó filosóficamente la situación y desde ese instante, "Ñaró" fue una "madre postiza" para el pobre corderito equivocado.

Juntos salían al campo a retozar y juntos dormían por la noche.

Los extranjeros no lo podían creer. Parecía increíble que un animal con tal rasgo de ferocidad como presentaba "Ñaró", pudiera transformarse en algo tan dulce y suave como lo que era en ese momento.

Mientras almorzábamos, los visitantes comentaban risueñamente, las evoluciones del Dogo y se protegido. Todo fue bien hasta que alguien quiso tocar al corderito. "Ñaró" gruñó ferozmente, erizando los pelos de su lomo, a tal punto que el osado abandonó precipitadamente su intento.

Las risas fueron generales. Ese cordero tenía vida asegurada contra cualquier evento. De eso no había duda alguna.


OTRA VEZ EL JABALÍ

Estábamos a la mitad del almuerzo cuando la llegada de uno de los peones que vino a hablar con el dueño de la Estancia, cambió la fisonomía de la tarde.

Un tremendo "verraco" había ingresado al campo cruzando el río. Tenía dormidero cerca de la costa, en uno de los primeros montes de chañares.

Indagué respecto del rastro y del río. Su cruce era directo desde la isla donde habíamos cazado el día anterior.

Su marcha había sido hacia los campos del centro y luego regresó a la costa, aquerenciado, sin duda, en el chañar.

Expliqué a mis ayudantes que íbamos a tratar de "pararlo", buscando la manera de asegurarlo bien.

No había duda de que se trataba del mismo jabalí que tan mal había tratado a mi pobre "Diablo".

Esta vez íbamos a estar bien montados y no se saldría con la suya tan fácilmente.

Me dirigí al grupo de yanquis, que saboreaba el café y los interioricé de lo que ocurría.

Les expliqué lo que haríamos.

Cuatro cazadores, un fotógrafo y un filmador, se encargarían de reunir material de tiro al vuelo muy fácil de conseguir en la zona.

Otros tres vendrían conmigo, con otro fotógrafo y otro filmador para tentar suerte con el jabalí. El destino parecía ubicarlo, como un desafío, a unos pocos kilómetros de mis Dogos.

El resto quedó preparando febrilmente los caballos, como si adivinaran que se avecinaba la revancha, mediante una acción que, sin duda, sería brutal.

Read, Rickoff y Peat serían los cazadores. Por decisión conjunta el primero fue indicado como primer tirador.

Salimos silenciosamente. Sólo tres Dogos nos acompañaban. "Ñaró" quiso seguirnos pero al notar que su "hijo" quedaba balando, nos miró tristemente y volvió a su función maternal.

Partimos sin saber que el destino había armado, con sus infinitas redes, la tremenda tragedia.

La que siempre rechacé por "imposible".



CAPÍTULO III


TRAS LA FIERA

Era el día 15 de septiembre de 1966. la cacería del tremendo jabalí comenzó -lo recuerdo bien- a las dos y cuarto de la tarde.

Íbamos, en grupo numeroso, siguiendo las huellas, rastreando concienzudamente el suelo.

Procuraba llegar a la bestia del lado más ventajoso, teniendo en cuenta el viento que soplaba, preparado para la corrida, si ella se producía.

Me separé del grupo y convine con Read en que permaneciera atento en mi seguimiento, dispuesto a entrar en acción al primer grito mío. No dudaba de la eficacia del accionar de mi amigo americano. Tanto él como Rickoff eran de excepcionales figuras ecuestres.

Pronto hallé el rastro. Lo seguimos, comprobando que, tras algunas vueltas, se alejaba de la costa.

Era un rastro "enorme", verdaderamente impresionante. Por un momento dudé que fuera del jabalí. Más parecía el de un ternero "gaucho".

Calculé que el tamaño de la bestia debía ser enorme y -lo confieso- tuve un poco de temor. Justamente ante los yanquis me tocaba enfrentar a semejante "bicho".

Los Dogos disciplinados como siempre, entraban y salían de los montes que nos rodeaban, olfateando el suelo en una labor perfectamente coordinada.

"Dele" se mostraba nervioso. Sin duda aún sentía el no haber podido hincar sus dientes en los pumitas que mis ayudantes -por medio de los cojinetes de las monturas- habían "bajado" del árbol y encajonados, llevados a la Estancia, donde en ese momento eran la delicia de los chicos.

Comprendí que poco a poco nos acercábamos a la zona crítica. Encontramos el rastro "de regreso" del jabalí, dirigiéndose a los chañares. Todo era cuestión de saber en cual de ellos se encontraba en ese momento.

Si teníamos suerte podíamos hallarlo esa tarde. De lo contrario, habría que esperar el día siguiente.

Estudié el viento y me di cuenta de que deberíamos dar un rodeo para ubicarnos bien. En silencio lo hicimos.


PRESAGIO DE ACCIÓN

Nos detuvimos un rato repasando las acciones dispuestas, en busca de coordinar la labor de todos los presentes, aprovechando el momento para ajustar la cinchas de los caballos.

Mis ayudantes se "abrieron" una docena de metros. Nosotros rodeamos los chañares, dejando que los Dogos se "metieran" entre lo intricado del follaje, buscando afanosamente su presa.

Revisamos la maleza, despaciosamente, siempre avanzando. Hombres, perros y caballos se movían sincronizadamente.

En el aire parecía ventear un presagio de acción. Lo sentía sobre mi carne como algo doloroso, indefinido.

Ocurrió de improviso, como siempre. Por más avisados que estemos, siempre el momento crucial nos toma de sorpresa.

Fue un solo ladrido, agudo y potente y un sordo rumor de ramas rotas ante el impulso de cuerpos en carrera.

Desaté mi caballo y con fuertes gritos animé a los perros. Valoré a la distancia el tremendo adversario que me tocaba en suerte y a toda marcha encaré derecho al monte, en seguimiento de los Dogos.

Los gritos de mis ayudantes se unieron a los míos y el lugar, silencioso hasta ese instante, "tembló" al impulso de los animales desatados en estampida.

Clavé las espuelas en mi monta, descargando mi arreador sobre sus flancos. Urgía correr, correr desesperadamente, sin tener en cuenta las matas espinosas que nos rodeaban.

A nuestro lado pasaban, en violento "relantiseur" los montes. En un principio escuchaba a mis espaldas los gritos de mis acompañantes que se unían a los míos, pero al rato noté que me encontraba solo. Mi caballo había aventajado a los otros.

A Read lo habían detenido los montes, a los cuales no estaba habituado. Tras él, Rickoff, se agotaba tratando de alcanzarme. Muy separados, filmadores e intérpretes quedaron "desparramados" y desorientados ante lo brutal de la corrida.

Se orientaban con gritos, procurando el agrupamiento para la acción final.

El jabalí no quería presentar pelea.

Era simple. Su lucha con "Diablo" del que le costó desprenderse, le había hecho sentir respeto por los perros blancos.

Comprendía que de no ser alcanzado ahora, el animal desaparecía de la zona, resultando muy raro que volviera a esos lares. Su desesperada carrera así lo indicaba.

Era evidente que esa desesperación lo haría temible en caso de verse obligado a presentar lucha.

Así pensando, llegamos a un largo claro, que se extendía como trescientos metros delante de mí. A menos de cincuenta, corría la masa peluda con sus cerdas encrespadas, tratando de llegar nuevamente a la espesura.

Era un gigante. Me sobrecogió su tamaño y el blanquear de los largos colmillos sobre su negra trompa.

Realmente, jamás había visto bestia semejante. Ni viva ni muerta. Mis pobres Dogos aparecían empequeñecidos a su lado.


LUCHA FEROZ

Corría sin esfuerzo aparente, aunque los perros le estaban dando alcance. "Day" iba estirando su carrera, tratando de tomarle sobre su costado. "Pillán" ya se había "abierto" y lo acosaba por el otro costado.

En mitad del claro "Day" ensayó su primera mordida. De un golpe, dado a la carrera, el jabalí lo desarmó fácilmente. "Pillán" corrió la misma suerte. Yo notaba, con desesperación, que el monte del frente se aproximaba.

Apuré el caballo, que se "abrió" como quince metros de la tierra. No había forma de acercarlo ya que, temeroso, resoplaba enloquecido, tratando de huir de cualquier manera. Castigué con el arreador procurando acercarme. Lo necesitaba a toda costa.

"Dele" trataba de prenderse de los cuartos de la fiera. No podía, pues ésta era demasiado grande. Le fallaban sus mordidas, que le resbalaban sobre las cerdas del jabalí.

El monte estaba encima. Sofrené mi cabalgadura para evitar el choque con los chañares. El jabalí sacó nuevas ventajas, con los Dogos a sus costados.

De pronto, dando un fuerte bufido, la fiera se detuvo casi al borde del mismo chañaral. Observé que "Dele", por fin, había logrado afirmarse en su mordida. Nunca me expliqué cómo. El hecho es que allí estaba, deteniendo al jabalí que giró en redondo, lanzando impresionantes bufidos.

Cada vuelta del jabalí hacía girar al perro por el aire, como un simple papel, juguete del viento. "Day" y "Pillán" trataban de prenderse pero eran volteados sin contemplaciones cada vez se arrimaban a la fiera. Sentí un quejido de "Pillán", ante un fuerte "jetazo" recibido.

Esa lucha no podía demorarse mucho. Lo comprendía. Mis perros serían hechos papillas si no me decidía a intervenir.

Busqué atropellar con el caballo que se negó, de puro nervioso, a responder al requerimiento de las espuelas.

Largué el arreador al suelo y saqué mi cuchillo de larga hoja, pensando en "desjarretar" al suido, apenas me diera una oportunidad favorable.

Entendí que si descendía del caballo era hombre muerto. La fiera, cuya irritación crecía a ojos vista, arremetería contra mí.

De pronto, todo se precipitó.


DIALOGANDO CON LA MUERTE

El jabalí, que parecía no mirarme, giró sobre si y arremetió furiosamente contra el caballo, del que lo separaban apenas dos metros.

El noble bruto, asustado en extremo, pegó una espantada como si de pronto le hubiesen crecido alas. El jabalí alcanzó a tocarlo en una de sus paletas, donde dejó la marca de un soberbio colmillazo.

Me sentí despedido por el aire con el cuchillo en la mano. Caí como un plomo sobre el suelo, perdiendo el arma ante la fuerza del impacto.

Lo que pasó por mi mente en ese instante, sólo Dios y yo lo sabemos. Instintivamente -sin sentir dolor- traté de girar, disparándole a la fiera.

Los Dogos "Day" y "Pillán" habían aprovechado el cambio de dirección del ataque del jabalí y prendieron, como garrapatas, de su orejas. La fiera había comenzado a hacer sonar sus colmillos, provocando un ruido atroz que erizaba los cabellos. Se hallaba de cuartos a mí, atendiendo la mordida de los perros.

Si procuraba levantarme estaba perdido. Contemplaba horrorizado como los perros "volaban" por el aire ante cada movimiento en redondo de la fiera. Poco tiempo más podrían aguantar mis nobles canes este tipo de embates. Muy grande era el jabalí y sumamente desparejo el encuentro.

"Dele" buscó afirmarse mejor, señal evidente de que el cansancio comenzaba a hacerse presente. Pensé en mi cuchillo. ¡Vaya a saber dónde había ido a parar!

Desesperado, consciente de única posibilidad y sintiendo cercano el grito de los cazadores que me acompañaban, jugué mi última carta. Me prendí de las patas traseras del jabalí y junto a "Dele" aguantamos la embestida. Nunca había visto patas tan gruesas ni tan difíciles de sujetar. Se movían con golpes cortos y yo comprendía que mis acalambradas manos aguantarían muy poco más.

La fiera procuraba gira, para alcanzarme. Yo podía ver sus ojillos pequeños, de un brillo asesino, que buscaba ubicarme.

Mis botas resbalaban en el suelo cada vez que procuraba afirmarme, procurando alejarme de su trompa. El hombro me dolía terriblemente y con horror me di cuenta que mis brazos están quedando estirados debajo del jabalí.

Entre brumas alcancé a ver a Read y a Rickoff que, espantados, trataban de aproximarse, sin poder disparar, por temor a herirme.

El jabalí también los vio. Realizó un último esfuerzo y logró desprenderse del Dogo que se afirmaba en la oreja opuesta al lado en que yo me encontraba.

Sentí como el Dogo cercano a mí, también se desprendía y que pasaba retrocediendo sobre mi cuerpo, haciendo inútil fuerza por volver.

Quise girar para separarme también yo. Sentí una de las patas delanteras de la bestia sobre mi axila y las traseras delante de mi cabeza. Estaba perdido, irremediablemente...

Apoyé mi mano sobre la panza del jabalí, tratando de retirarlo de encima mío, mientras sentía el entrechocar de colmillos muy cercano a los oídos. Mi cadera sufrió el primer ensayo de mordida, en un terrible hocicazo que me hizo gritar de dolor.

De pronto, me encontré frente a frente a la cara de la bestia.

Mis cabellos, como sus cerdas, debían haberse erizado. Recuerdo que sobrecogido de miedo, lancé un grito espantoso, surgido del fondo de mi alma.

En ese preciso instante alcancé a ver que una mancha blanca se atravesó entre mi cara y la del jabalí y un chorro de sangre caliente cayó sobre mi rostro, cegándome.

Sonaron unos tiros. Hice un último esfuerzo y giré sobre mí mismo tres o cuatro veces. ¡Estaba vivo!...

Me levanté, como impelido por un resorte y me dispuse a disparar. Tenía los nervios destrozados, ganados por el pánico más horrendo que he sentido en mi vida.

Sentí otro disparo y a tres metros de la acción, me volvía a mirar. Limpiándome con la manga de la camisa la sangre de mi cara. La escena que se presentó a mi vista era realmente espantosa.

El jabalí caía, arrodillado, ante los disparos de Read y Rickoff que anhelantes, mantenían aún sus armas listas. Detrás de mí sentía a los fotógrafos e intérpretes que se acercaban al galope.

Los Dogos seguían mordiendo a la fiera abatida.


LA TRAGEDIA

Me acerqué a "Day" que, también temblando, me miraba, extendido sobre un gran charco de sangre. El jabalí también yacía sobre un gran manto rojo que brillaba, extrañamente, al sol.

"Day" se separó y entonces, sólo entonces, alcancé a comprender, sintiendo otra vez el terror del momento.

No tenía fuerzas para continuar. Me parecía estar soñando, sumido en un extraño sopor que desfiguraba los cuerpos que me rodeaban. Pensé en la caída del caballo, a los minutos que había estado "mano a mano" luchando con el jabalí y extrañé no tener ningún hueso roto. Temblaba como una hoja y en mi boca la sangre que había penetrado comenzaba a tener un sabor muy amargo.

El Dogo procuró acercarse a mí. Lo vi venir como entre sueños, casi sin oír a los yanquis a los gritos. Comprobé que la garganta del perro se hallaba cercenada.

Llegó hasta mí y como siempre buscó mi regazo. Se acomodó temblando y mientras lamía tiernamente mis manos, clavó largamente su mirada en mí.

Reaccioné de improviso. Con desesperación tomé su garganta procurando apretar los extremos de la carótida cortada.

Grité no sé cuantas cosas y cuando oí que una filmadora funcionaba a mi lado, me desaté en una retahíla de improperios.

La gente se retiró y me dejó con mi buen perro en el regazo, muriéndose. Los otros Dogos se acercaron, también cubiertos de sangre, gimiendo su desesperación y su impotencia.

La muerte se acercaba y todos la oímos llegar, sin nada a nuestro alcance para detenerla.

El pecho del buen "Day" estaba rojo de sangre, así como mis manos y mi garganta -maldito sea- exclamé. ¡Malditos todos los jabalíes del mundo!... Nadie respondió nada.

Y lloré. Lloré a gritos, comprendiendo que "Day" me abandonaba.

Sus encías comenzaron a quedar blancas. Comenzó a aspirar profundamente, cada vez más hondo. Cada vez más fija su mirada en mí.

En un supremo esfuerzo aprisionó mi mano ensangrentada por su propia sangre y ensayó mover la cola en un último gesto de cariño.

Todo había desaparecido para mí. Allí estaba solo mi mejor perro que se moría.

¿Médicos?...¿Sanatorios?... maravillosas palabras, pero inútiles a dos largas horas de marcha.

No quise que "Day" muriera sobre mi vehículo: ¡Que lo hiciera entre los chañares en que había vivido, lejos de la gente, sólo conmigo!...

La acomodé mejor en mi regazo y vi como la vida abandonaba lentamente su cuerpo sin remedio.

Y en el silencio del monte, vertí las más amargas lágrimas de mi vida, respetadas en silencio por mis amigos cazadores.


EL DOLOR DE UNA TUMBA

Largos pasaron los minutos.

Read y Rickoff se acercaron y con su palabra, afectuosa, me sacaron de mis pensamientos.

Me levanté y con mi perro en brazos, sintiendo aún sobre la mano la presión de su mandíbula fría, caminé hacia el lugar donde se encontraba vencido, al fin, el jabalí.


Amadeo Biló posando junto a su perro Day de Trevelin tras una de sus innumerables jornadas de caza. El jabalí abatido que aparece en la instantánea había matado 800 ovejas a lo largo de 3 años.

Alguien presuroso trajo desde la camioneta una pala y en ese mismo sitio, donde el "Day" había cumplido su última hazaña de montería, hicimos el hoyo donde descansaría definitivamente su cuerpo inerte.

Miré a mi alrededor y la grandiosidad de la belleza patagónica tranquilizó mi ánimo.

En pleno monte, que muchas veces fue testigo de sus andanzas cazadoras, encontró el "Day" su definitivo refugio.

En silencio despidieron los cazadores a mi valiente Dogo. Era como despedir a un amigo, al que ya nunca volverían a ver.

La tarde declinaba y mientras con mi mente en blanco observaba la tierra removida, mis ayudantes se ocupaban del jabalí.

Tiempo después, supimos que se trataba del tercer jabalí del mundo en cuanto a dimensión de sus colmillos y el de mayor tamaño logrado desde 100 años hasta el presente.

Siempre pienso que se necesitó un récord mundial de este tipo para abatir a mi querido perro y que su muerte, en manos de tal bestia, no hizo más que prolongar su nombre en el historial del tiempo.

¡Qué triste, pero qué gloriosa fue tu noche, amigo "Day"!...


Canción homenaje a Day de Trevelin


17 comentarios:

  1. Que gran relato y que gran perro el dogo argentino.

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  2. Sin palabras, la verdad que sin palabras, maravillosa historia aqui contada, con tanta pasión y amor hacia esos perros que mas de una vez demostraron que los verdaderos bestias no son los perros sino los hombres que le dan mala fama a estos perros, así como los Pitbulls. Aquí se puede apreciar la calidad del perro como herramienta de trabajo y sobre todas las cosas, como AMIGO. Podemos ver también su trato con otros perros de su misma raza y vemos que no tiene problema. Muchas gracias por traer este relato a la luz, simplemente gracias

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  3. Lo lei mil y una vez y aun no me canso.
    A modo de información para los interesados, Don Amadeo Bilo y su hijo Gonzalo Bilo participan en el foro del dogo argentino www.dogoargento.com.ar y siempre estan contando sus vivencias y respondiendo a todos.
    Gracias

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  4. hermoso relato y nobles animales

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  5. Anónimo5/2/12 08:47

    gracias amo a mis dogos las lagrimas solo las entienden los dogeros de ley

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  6. hay tareas de campo y de monteria que solo los dogos argentino pueden hacer yo soy cazador nuevo y se lo que es perder un dogo a estos animales se los llega amar por su entrega en toda clase de cosas amo los dogos

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  7. Interesante y bonito relato, pero no habría que irse tan lejos como a la Pampa estando en la península ibérica, cuna y potencia mundial canina en la antigüedad podencos galgos sabuesos alanos mastines careas ....... Bonitas historias que nos contó los hermanos Nores pero que en el siglo XX O XXI no hay quien se las trague, habría que explicar a las personas que era el Viejo perro de pelea Cordobés para saber realmente que es básicamente un Dogo Argentino y por cierto sobre el bonito y didáctico articulo sobre los perros de presa Británicos y Americanos, solo dos cosas olvido de hablar del inmenso aporte iberico de presas y demás llevado a cabo por los ingleses durante siglos debido precisamente a la consanguinidad y la gran mortandad debido a sus entretenimientos con sus canes, España fue su tesoro genético y por otro lado no confunda al lector .... El presa canario o dogo canario y el ca de bou - lo añado yo - en su formación ni como agrupación racial ni como raza tiene sangre británica , por favor lea nuestra historia para hablar de nuestros perros. Gracias. Vicente López

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    Respuestas
    1. ¡¡¡¡¿¿¿¿ Que el Ca de Bou y el Presa Canario no tienen aporte británico!!!!???? No es que tengan influencia de perros británicos, es que el Presa Canario tiene sangre practicamente de cualquiera de los perros de presa que hay por todo el globo... - y eso lo añado yo ;)

      Lea usted un poco, en general...

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    2. Uno de los resultados mas importantes que Agustín Nores Martínez alcanzó con el Dogo Argentino es evolucionar al viejo perro de pelea Cordobés para que pelee en grupo junto a otros perros y no contra otros perros. En la exposición rural de Buenos Aires en el año 1960, tuvo lugar el primer campeonato de Dogos. En un incidente, pude observar el fuerte atavismo que los Dogos heredaron del viejo perro de pelea Cordobes. Mi padre presentó al Esquel, nuestro perro, que por cierto salió campeón. Agustín Nores Martínez (primo hermano de mi padre) presentó a Cob. En un momento dado, sujetándolos con las fustas, Papá y Agustin pusieron al Esquel y al Cob frente a frente tal como se hacia para iniciar la pelea de perros. Los perros grunieron y se disponian a entrar en plea. Solo las fustas de cadenas y los collares de puntas lograban sujetarlos.

      Rolito_Martinez@hotmail.com

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    3. Anónimo5/2/16 23:55

      Hola Sr. Rolito Martínez. Ante todo quiero aclarar que con mi comentario no quiero refutar sus dichos, por el contrario, quiero poner "dato sobre dato" para esclarecer mis pocos cnocimientos al respecto. En pocas palabras entiendo que usted dice que "En la exposición rural de Buenos Aires en el año 1960, tuvo lugar el primer campeonato de Dogos ...". Salvo que este campeonato no haya sido oficial, mis datos se contraponen con la data, con la fecha. Yo tengo entendido que: 1)La raza ya había sido "presentada" no en competencia años antes y en esto estaríamos de acuerdo. Luego tengo que la primera exposición de caninos que se "presenta el Dogo en sociedad" es en 1954, en una Exposición del Centro de Cazadores de Bs. As. donde un amplio cartel anunciaba la "Presentación de la nueva raza Dogo Argentino, especial para la caza de pumas y jabalíes". Luego de esto (1954) y de manera más formal la raza es reconocida por la Federación Cinológica Argentina y la Sociedad Rural Argentina en 1964 (por lo que estimo que su referencia a campeonato de 1960 sería dentro de una exhibición, aunque me llama la atención que usted denomine Campeonato al hecho. Luego ya en 1973 el Dogo Argentino es reconocido por el Kennel Club Argentino y por la Federatión Cinilogique International. Como dato complementario agrego que en la reunión del 21 de mayo de 1964, la comisión del Dog Book Argentino de la Sociedad Rural Argentina trata el reconocimiento de la raza. Otro motivo más que se contradice con los datos del "campeonato de 1960". Saludos Rubén (harian_2005@yahoo.com.ar)

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  8. Caballeros, cada cual puede pensar lo que quiera y libre es, al igual que fuera de la islas a ambos perros le han podido poner lo que quieran, pero repito el ca de bou ni el presa o dogo canario tiene influencia de perros Británicos e históricamente menos, si no infórmense sobre la historia de Mallorca y de Fuerteventura etc, ah! Y en concreto sobre ambas razas y claro.... Profundamente y no en la primera web que pinches. Es una pena que no encuentre una maravillosa tesis de la universidad de Córdoba sobre la influencia de las razas ibéricas en Europa y América , según veo algunos se tirarían de los pelos ,ja ja¡ No será que el resto de presas tienen parecido con nuestros presas ibéricos incluyendo filas portugueses y nuestros presas en el Sahara. Tienes razón!,hay que leer.
    Vicente López

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  9. Para comenzar!!!!!!!!

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  10. AMO ALOS PITBULLS

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  11. QUE RAZA TAN MARAVILLOSA ES EL PITBULL

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  12. Hermoso y apasionante relato, en el final se menciona el hecho de que se estaba filmando, ¿es posible ver esas imágenes?

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  13. Anónimo7/2/16 19:10

    Hola Sr. Rolito Martínez. Ante todo quiero aclarar que con mi comentario no quiero refutar sus dichos, por el contrario, quiero poner "dato sobre dato" para esclarecer mis pocos cnocimientos al respecto. En pocas palabras entiendo que usted dice que "En la exposición rural de Buenos Aires en el año 1960, tuvo lugar el primer campeonato de Dogos ...". Salvo que este campeonato no haya sido oficial, mis datos se contraponen con la data, con la fecha. Yo tengo entendido que: 1)La raza ya había sido "presentada" no en competencia años antes y en esto estaríamos de acuerdo. Luego tengo que la primera exposición de caninos que se "presenta el Dogo en sociedad" es en 1954, en una Exposición del Centro de Cazadores de Bs. As. donde un amplio cartel anunciaba la "Presentación de la nueva raza Dogo Argentino, especial para la caza de pumas y jabalíes". Luego de esto (1954) y de manera más formal la raza es reconocida por la Federación Cinológica Argentina y la Sociedad Rural Argentina en 1964 (por lo que estimo que su referencia a campeonato de 1960 sería dentro de una exhibición, aunque me llama la atención que usted denomine Campeonato al hecho. Luego ya en 1973 el Dogo Argentino es reconocido por el Kennel Club Argentino y por la Federatión Cinilogique International. Como dato complementario agrego que en la reunión del 21 de mayo de 1964, la comisión del Dog Book Argentino de la Sociedad Rural Argentina trata el reconocimiento de la raza. Otro motivo más que se contradice con los datos del "campeonato de 1960". Saludos Rubén

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  14. Mi abuelo, un idolo, la mejor raza el dogo Argentino

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